Cruce de caminos

Buenos días, Loler@s,

además del título, con la de veces que me habréis leído ya, no será una sorpresa para vosotros si os digo que la segunda y última parte de la saga Alexandra, ha salido ya a la luz. ¿Verdad que no?

A estas alturas, no debe nadie que sepa de mi existencia, sin haberse enterado de la noticia. Creo que sólo me ha faltado publicarlo en El Periódico. 😀

Pues si, con esto y un bizcocho…. o mejor dicho, con Cruce de Caminos, doy por zanjada la historia de mi querida Alexandra. Y no sólo de ella, doy por zanjada las publicaciones de libros durante una larga temporada. Sí, sí, me tomo un respiro espiritual. Y pensaréis ¿Ya? ¿Tan pronto se ha cansado?

No. Para nada. No es cansancio, es simplemente que la primera historia, la de Lola, Sergio y Aitor,  necesitaba salir a la luz desde hacía mucho tiempo, y la segunda, la de Alexandra, ha sido con la que he pretendido reafirmarme en esto de escribir. Daros material y enseñaros de lo que soy -o no soy- capaz de hacer y decir.

Ahora, una vez he dejado en el mercado funcionando 4 títulos, me retiro a escribir en silencio y sin molestar y, esperando que para el año que viene, pueda tener alguna obra más -del género, pero con algunas diferencias que me rondan en la cabeza- que ofreceros para el 2016.

¿Y mientras tanto qué? Dedicarle más esfuerzo a la promoción. No es algo que me guste demasiado hacer, pero debo confesar que necesito darme a conocer un poquito más y para eso necesito vuestra ayuda. Necesito que si me leéis y creéis que soy digna de hacerlo, me recomendéis, o más que a mi, a mis niñas: mi Lola y mi Alexandra (con sus respectivos, claro.) Y como cada lunes me encontraréis en el blog de esta señorita, con un nuevo relato que os amenice los inicios de la semana y os recuerde que sigo escribiendo por y para vosotr@s.

Pues allá va el relato de hoy (si habéis leído Aitor, os sonará un poquito)

Y es que una mañana, cuando hacía ya casi tres meses que había decidido olvidarme de Lola y mudarme a Madrid con Marta, mi novia desde la distancia, recibí un mensaje del Rubiales, el tío con el que estaba saliendo Lola cuando yo me fui, en el que me decía que ella lo había dejado. Había roto con él y lo había hecho de malas maneras y definitivamente. La ponía a parir en el mensaje. Decía que Lola estaba loca. Como una puta cabra, exactamente.

«¿Cómo la aguantabas?» Me preguntaba en el sms. «¡No me extraña que te hayas ido! ¡Se va a quedar más sola que la una! ¡Puta niña inmadura de los cojones!»

Y yo después de leer ese mensaje, me sentí como un jodido adolescente eufórico y hormonado hasta las cejas. Estaba tan enfadado porque se atreviera a hablar así de ella, que le hubiera partido la puta boca de un puñetazo si lo hubiera tenido delante.

¿Cómo coño se atrevía a hablarme así de ella? De mi amiga. De mi mejor amiga y a la persona que más quería en este jodido mundo. ¡Puto rubiales!

Cegado por la rabia y el enfado, inmediatamente lo llamé y le puse a caer de un burro. Le amenacé. Le avisé de que si volvía a pronunciar una sola palabra más como esa, refiriéndose a Lola, mi Lola, lo mataría. Y que no se le volviera a acercar en su puta vida, porque si lo hacía…

—Te juro por Dios que volveré y te las verás conmigo. —Le advertí. No iba a dejar que a Lola le volviesen a tratar así en la vida. Al menos mientras yo existiera.

Y aunque el mensaje me había enfadado mucho, al mismo tiempo, me hacía sentir aliviado. Y mucho. Familiarmente aliviado. Como cuando había visto antes a mi Lola dejar a sus rollitos anteriores, igual que ahora dejaba al maldito rubiales. Demasiado le estaba durando éste ya, incluso empecé a temerme que con él fuera a ser diferente y que aquella vez sí, él sería quien conseguiría apartarla de mí lado y de lo que yo sentía por ella.

Y por eso me alejé yo y me vine a Madrid con mi chica. Por mi propia voluntad, pero por su culpa.

¿Entonces? ¿Qué sentido tenía no volver ahora a Barcelona, si Lola ya lo había dejado con el Rubio?

Ninguna. No tenía sentido quedarme aquí cuando ella estaba sola a varios kilómetros de distancia. Tenía que volver. Y tenía que explicárselo también a Marta, mi novia. Aunque le doliera.

Esa noche teníamos una cena especial, con reserva en un buen restaurante incluida. Celebraríamos que después de tres meses allí, por fin había encontrado un buen trabajo.

Tirando de los contactos de su familia, había conocido a un ilustrador autónomo, que había emprendido su negocio online y buscaba un fotógrafo para ofrecer el servicio de fotografía a los clientes para los que trabajaba.

—No harás fotos artísticas pero te pagarán bien. —Me había dicho Marta para convencerme de que firmara ese contrato.

Y lo acababa de hacer, de firmarlo, así que había que celebrarlo.

¿Y cómo le explico que me vuelvo a Barcelona y qué la dejo por Lola?

Daba igual cómo pero tenía que hacerlo. Marta estaba trabajando así que cuando volviera se lo contaría. Me marcharía ese mismo día. «Improvisaré. Le contaré la verdad. Le diré lo que siento. Y después a Lola. La llamaré y le confesaré lo que siento por ella, lo que he sentido siempre desde el momento en el que la conocí, en la cafetería del instituto. Y entonces me quedaré a su lado. Y lo haré para siempre» me convencí.

Y cuando ya tenía casi acabada de hacer mi maleta, volví a recibir un mensaje que lo cambiaría todo:

«Lo siento Aitor. Siento las palabras de antes y sé que la aprecias mucho y que es tu mejor amiga. No he debido hablarte así de ella, yo la quiero y ella acaba de decirme que quiere volver conmigo otra vez. Que ha sido un error dejarme y que me echa de menos.»

— ¡Hijo de puta! —Grité. Y le di tal patada a la maleta que la estampé contra la mesita de noche y rompí el cristal del marco con la foto en la que aparecíamos Marta y yo.

Muy simbólico todo porque aquel cristal no sería lo único que se rompería aquella noche.

chico

Si queréis saber cómo continúa, como siempre: http://www.jugandoconeros.com/y-tu-en-quien-piensas/

Un superbesote y feliz lunes.

E,

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